viernes, 12 de junio de 2009

DE LA CAVA DEL PATRÓN El néctar de Lucas.

Lucas siendo escolapio de primaria, tuvo la fortuna de que su hermosísima madre le dotara con un copioso "tentempié" (me da un retortijón en la panza la palabra "lunch o lonche"). Así, al momento en que sonaba el timbre que marcaba la frontera entre el tedio de la enseñanza con la delicia del recreo, tenía la instrucción femenina improntada de "comer antes de jugar".

Así, un día como cualqueir otro salió con su petaquita portaviandas (no, no le quise decir "lonchera", fuchi) y junto a sus amigos se sentó a devorar lo maternalmente suministrado encontrando una manzana, un emparedado (sandwich o changüis, puagh) de jamón con queso y para beber, una lata de néctar de durazno. Ahí fué donde "la puerca torció el rabo" como decía su abuela, pues como rayos pretendía el sector materno que un niño de 7 años abriera la lata si antes no tenían "abre fácil", película sanitaria, abrelatas incorporado, ni ningún medio que fuera funcional. Simplemente, estaba cerrada, completamente cerrada y punto.

Cuando la primera vez le bellísima Doña Lupita encontró de regreso la lata del jugo, arremetió contra el fulanito que se escudó con una simple pregunta: ¿y cómo la abro?

Al día siguiente, Lucas encontró un destapador pequeño junto a su lata de néctar, de esos que pueden destapar una botella con corcholata (en ese tiempo si eran de corcho y lata) por un lado y abrir una lata con un triángulo por el otro. Eso resolvío el asunto pero el abrelatas mágicamente no regresó a su casa ese dia.

Por lo tanto, se le delegó la responsabilidad al "pierde-destapadores": "ahora, a ver como le haces, ve a la cocina de la escuela o lo que se te ocurra, no te voy a mandar un destapador diario".

Al siguiente dia, las antenas de Lucas se elevaron considerablemente, se abrieron los ojos y el cerebro trabajó furiosamente. "¿Qué hacer, adonde ir?" Súbitamente, sus ojos se detuvieron en el pequeño jardín que adornaba la ventana del director, guardando con un enrejado los rosales de manos y pelotas vandálicas. Y para mayor seguridad, remataba la parte superior del enrejado un ejército de lancetas. Eran precisamente la solución para el dilema de Lucas. La lata de néctar de pera, fue dirigida con un movimiento certero y rápido hacia la punta que limpiamente abrió camino hacia el jugo. Con igual rapidez el niño retiró la lata vaciandola en su boca y apagando su sed.

Diariamente, abría una lata en una lanceta distinta, provocando el desconcierto enorme de la intendencia escolar que no acertó jamás a descubrir como es que aparecía un barrote lleno de hormigas, uno solo. El misterio prevaleció hasta el dia de hoy.

Esa es la prueba de que el ingenio mexicano está inscrito en los genes. No se aprende. ¿Verdad?

Etiquetas: ,

0 comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Inicio